El proyecto

03/09/2010

Con esta frase rematábamos el artículo dedicado a la “convergencia de Bolonia”:

“El concepto de Arquitectura es, por definición, tal y como ha venido evolucionando desde hace siglos: amplio, subjetivo y abierto. Generalista, propenso al cambio y mutable, capaz de adaptarse a la dinámica, también cambiante, de la sociedad a la que sirve. En estos momentos de crisis e inseguridades, donde casi es necesario reinventar la profesión, no se pueden poner cotos a las ideas porque su muerte estaría asegurada. Hoy más que nunca es necesario liberarse de ataduras y dejar las puertas abiertas. Cuanto más inconcretas y amplias sean las fronteras, más ricos serán los resultados y mayores los beneficios para una sociedad ávida y necesitada de cambios con los que enfrentarse al mundo que le sirve de habitación”.

Lo que está claro es que, independientemente de otras, el verdadero campo de acción del arquitecto es el proyecto.Es por ello que, para empezar, no estaría mal ir cambiando la forma de aproximación al proyecto. La primera acción debe ser un ejercicio de PERCEPCIÓN. Consiste en acercarse al territorio con la mirada limpia y desinhibida (de ahí la importancia de la extrañeza en los primeros instantes). Estamos hablando de la manera sesgada de entender aquello que se tiene delante de los ojos. No se trata de analizar desde la supuesta objetividad, sino de desarrollar una mirada CRÍTICA Y SUBJETIVA que servirá para registrar el territorio desde la perspectiva de lo personal, transformando esa información posteriormente, al tiempo que se obtienen nuevos datos, según claves universales. Las herramientas para esta primera fase son múltiples y las nuevas tecnologías ofrecen un sinfín de posibilidades para arropar las decisiones de una manera sugerente. No se trata, pues, de acercarse a la realidad de manera fiel (desde la representación), ello sería impensable, sino de aproximarse al proyecto desde el primer instante (presentación). De esta manera se anula la fórmula diagnóstico/receta, tan extendida, por entender que el territorio no es un ente enfermo al que hay que curar, sino un cúmulo de oportunidades por explotar.

La percepción es, pues, parte del proyecto, no una instancia previa. MIRAR ES PROYECTAR

Las acciones que se comienzan a desarrollar a partir del momento en que se trazan las primeras líneas de intención, han de estar preparadas para reflejar las múltiples facetas de la contemporaneidad, las cuales han de ir hilvanándose a través del hilo conductor que proporciona esa mirada crítica. Así:

Se trata de desarrollar una programación sobre el territorio, no una normativa de regulación de acciones. Programar un territorio es hacerlo autónomo, autosuficiente, sostenible. Desviando recursos, acomodando posibilidades, registrando variables según los objetivos marcados. En definitiva, crear un sistema flexible que sea capaz de integrar el mayor número de posibilidades, de sugerencias, de alternativas, de manera que la reformulación o reprogramación, forme parte del propio plan.

Esta programación ha de entenderse desde la multidisciplinaridad. El arquitecto es el único posible coordinador de equipos de profesionales. Pasarían así a formar parte del proyecto los cultivos, el medio ambiente, los residuos urbanos, la creación de recorridos turísticos, la relación intercontinental del territorio en cuestión, los sistemas de transporte, la manera de recorrer, tanto física como virtualmente, dicho territorio, los sistemas productivos, las redes de comunicación, el ámbito patrimonial, la orografía, las tradiciones… Coordinar, enlazar, disponer, transformar, acotar estos parámetros, son la base conceptual, la herramienta de trabajo con las que el arquitecto construye la idea de proyecto.

Ligado a ello, aunque en otra bandeja, la labor del profesional debe manifestarse desde la perspectiva de la multiescalaridad. De ahí la absoluta necesidad, como se decía al principio de estas palabras, de no recortar los ámbitos de actuación de la carrera, ni de entenderla desde la compartimentación estanca y restrictiva de la “especialización”, abordando, desde la escala territorial al detalle constructivo, a veces sin solución de continuidad, según fórmulas más acordes con el perfil del sujeto contemporáneo y con las diversas situaciones culturales, económicas, técnicas, tecnológicas, ambientales, etc. que se dan en el del mundo actual. El trabajo del arquitecto debería entenderse como operación integral de reflexión, construcción y gestión en una fórmula de retroalimentación continua, capaz de responder con eficacia a las nuevas necesidades del sujeto/mundo, a los nuevos territorios nunca experimentados y a los nuevos retos aún por descubrir. La forma final es, por tanto, el resultado de dicha programación y no de las efímeras reglas de la composición.

Así, de esta manera, la parte será capaz de reformular el todo, la disciplina de la construcción del artefacto sintetizará las múltiples disciplinas a las que dará cobertura y la escala del detalle constructivo será un fiel reflejo de los acontecimientos que han delineado todo el territorio.

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