Mínimas reflexiones sobre el proceso de convergencia de Bolonia o el papel del arquitecto

03/08/2010

El otro día escuché por parte de dirigentes universitarios que los arquitectos estábamos “sacando los pies del plato”. Que nuestro título, de cara a Bolonia, debería ser el de graduados en Arquitectura, como el resto de carreras. Parece que siempre tenemos esa cosa como de flotar 10 centímetros por encima del resto de la gente y eso, no sólo no es bueno, sino que nos hace mucho daño. Simplemente quisiera verter una pequeña reflexión acerca de la condición del ARQUITECTO (frente a la idea de graduado) y también una mirada, entre crítica y esperanzadora, sobre el panorama que se nos presenta y que deberíamos aprovechar para no perder el tren de la contemporaneidad.

La convergencia europea de titulaciones universitarias (Plan Bolonia) es un pilar fundamental a la hora de construir una Europa fuerte, unida y ágil. En España el debate sobre la licenciatura en Arquitectura ha provocado un levantamiento generalizado de profesionales, profesores y, sobretodo, estudiantes -casi un milagro en una época marcada por la atonía y el individualismo- por entender que las atribuciones que marca Bolonia para el ARQUITECTO son bien distintas a aquellas que se han ido decantando a lo largo de una cuidada y enriquecedora evolución desde que se abrieran las primeras Escuelas de Arquitectura en nuestro país. Por eso, a la hora de marcar un rasero y unas competencias comunes para toda la Unión, han saltado las alarmas. Mientras otros títulos detentarían el poder de la construcción, que ahora pasarían a denominarse “Ingenierías de la Edificación”, a los arquitectos (a partir de ahora, graduados en arquitectura) se les relegaría a un papel de mero diseñador de espacios, poco más que un decorador de exteriores. De hecho, contratar a un arquitecto es, hoy por hoy en muchos lugares de Europa, una cuestión más ligada al prestigio del cliente que un valor imprescindible. En muchos países americanos este rasero se produce por los laterales, lo cual lo hace aún más restrictivo si cabe. Las antiguas facultades de arquitectura se han dividido en facciones que teóricamente forman profesionales más especializados, bajo la premisa de que cuanto mayor sea la especialización mejor será el resultado que se ofrece al cliente. Así los títulos ofertados por muchas universidades y que han ido desgajándose del árbol básico que se denominaba Arquitectura, son el de urbanista, paisajista, decorador de interiores, fachadistas, estructuralistas… además de otras subrramas más específicas. Tanto en un caso como en otro, restricción en altura y/o en anchura, la verdadera afectada es la Arquitectura.

El concepto de Arquitectura es, por definición, tal y como ha venido evolucionando desde hace siglos: amplio, subjetivo y abierto. Generalista, propenso al cambio y mutable, capaz de adaptarse a la dinámica, también cambiante, de la sociedad a la que sirve. En estos momentos de crisis e inseguridades, donde casi es necesario reinventar la profesión, no se pueden poner cotos a las ideas porque su muerte estaría asegurada. Hoy más que nunca es necesario liberarse de ataduras y dejar las puertas abiertas. Cuanto más inconcretas y amplias sean las fronteras, más ricos serán los resultados y mayores los beneficios para una sociedad ávida y necesitada de cambios con los que enfrentarse al mundo, en definitiva, su lugar de habitación.

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